Educación de la sexualidad
Hay que hablar de sexualidad y afectividad pronto y con frecuencia
A los 3-4 años hay que explicarles por qué es un niño o una niña (aprovechar la hora del baño,...)
A los 3 -5 años, cómo sale el niño de la tripa de su mamá: El vientre de la madre se abre por la parte inferior. La vagina tiene tejidos elásticos.
A los 5-8 años, cómo ha entrado el niño dentro de mamá: papá y mamá se quieren y se abrazan, la semilla del padre pasa a través del pene al vientre de la madre por el mismo orificio por donde luego nacerá -la vagina-, es lo que se llama acto sexual o conyugal; analogía con los vegetales.
A los 8-12 años, niña, informarle que tendrá la regla: la sangre es vida, si no hay bebé sale hacia fuera, el cuerpo se prepara para la maternidad; vello axilas y pubis, se ensanchan las caderas, crece el pecho; ilusión por gustar a los chicos y llamar la atención,...
A los 9 -13 años, niño, informarle que aparece la expulsión de semen, de ordinario durante el sueño y proporciona placer físico, evita provocar voluntariamente esas reacciones. Si una revista, ... te impulsa a esa experimentación debes usar la voluntad para llevar la imaginación a otro tema; el cuerpo se prepara para la paternidad; vello en la cara, axilas y pubis, cambio en la voz, estirón, etc; se siente atraído por las chicas. Desea buscar pareja, formar una nueva familia,...
A los adolescentes explicarles la conveniencia de retrasar el emparejamiento o noviazgo precoz, no hay que adelantar etapas, ya llegará el momento, disfrutar de la amistad.
A diferenciar entre lo que se siente y lo que se consiente, para que entrenen su cuerpo y lo capaciten para el amor. En la sexualidad todo lo que no esté enfocado al otro, a la vida, fomenta el individualismo, la incomunicación, la infelicidad. La felicidad es una puerta que se abre hacia fuera, la sexualidad también.
A decir que no a las relaciones sexuales antes del matrimonio. Se guarda continencia hasta que la donación pueda ser para siempre y para una sola persona: Si yo puedo esperar, tú también puedes esperar,...La espera es un don para entregar a la persona que amemos y a Dios.
Educación para la complementariedad: varones y mujeres somos iguales en dignidad, pero diferentes y complementarios para actuar, pensar y sentir. Educar a los hijos en su propia identidad sexual.
Las hijas pueden aprender mucho de los hijos y de sus amigos, y los chicos de sus hermanas y amigas, si aprenden a respetarlas y a admirarlas, en gran medida por sus valores y capacidades complementarias.
(Adaptación del capítulo: La educación de la sexualidad, Educar para la pluralidad, Iván López Casanova, Ed.: Rialp)
Transmitir la vida
La verdad es la adecuación de mi pensamiento a la realidad de las cosas (Sto Tomás).
La función sexual está ordenada por su propia naturaleza a la transmisión de la vida. así como lo digestivo se ordena a la digestión.
Cuentan que en las épocas más decadentes del Imperio Romano, entre las clases más pudientes se extendió la costumbre de organizar grandes banquetes. Los manjares eran tantos que no los podían probar todos. Entonces se introdujo la costumbre de vomitar para poder seguir comiendo. De esta manera separaban el placer natural que proporciona el comer, de la función biológica que es alimentarse: comían buscando el placer, pero dejando sin sentido la función biológica. El placer que la comida proporciona -que es un bien- queda sin sentido al hacer violencia a la función de alimentarse, al que ese placer se ordena. Es evidente que es inmoral separar aquí placer y función biológica.
Pues algo semejante sucede en el ejercicio de las funciones sexuales. Es inmoral separarlo de su función biológica natural. Es inmoral procurarse el placer sexual fuera de las relaciones conyugales entre un hombre y una mujer y es inmoral también el uso de la sexualidad entre un hombre y una mujer cuando se le priva de su orientación natural a la transmisión de la vida; cuando se usan medicamentos o instrumentos para impedir la concepción, etc, es como comer y vomitar. El hombre está hecho así.
La función sexual está en el núcleo de la vida familiar y en el centro de la vida social. La familia es el ambiente humano normal donde los que han recibido el don de la vida reciben los medios de subsistencia, pero sobre todo, el lugar que les permite desarrollarse como hombres, aprender a vivir como hombres e integrarse en la sociedad.
Todas las civilizaciones sabias han hecho del sexo un tema sagrado al que hay que acercarse con enorme respeto. Se han exigido una disciplina sexual, es decir, una regulación cuidadosa del ejercicio de la función sexual: relaciones matrimoniales, edad para casarse, etc.
La indisciplina sexual deshace a las familias; rompe los lazos humanos más delicados y que son fuente de felicidad; crea marginación, multiplica el número de personas que no han podido madurar bien, ni prepararse para integrarse en la sociedad; interfiere en la vida económica al destruir una de sus unidades que es la familia y al multiplicarse la inadaptación y marginación; es causa de multitud de pasiones incontroladas, amarguras, recelos, odios, violencias que deterioran el orden social y genera una infinidad de sufrimientos.
El hombre no se ha hecho a sí mismo, por eso no puede cambiar sino que tiene que descubrir y respetar, las leyes físicas y morales que regulan su buen funcionamiento. No puede modificar a su gusto ni las leyes de la inteligencia, ni las de la digestión, ni las de la felicidad. Tampoco puede modificar las leyes del sexo. Lo único que está en su libertad es vivir o no de acuerdo con esas leyes, respetar o no su condición de hombre, vivir como es propio de un hombre o no.
El deslumbramiento que causa el amor es de toda la persona, no de sus atractivos sexuales. La belleza o el atractivo corporal ocupa un valor secundario, al enamorarse lo que cautiva es la persona entera. Se trata de un tipo de amistad peculiar entre hombre y mujer que busca complementariedad. Y lo propio de esa amistad, es que tiende a ser exclusiva. La media naranja sólo se complementa con otra media naranja: no hay sitio para más.
Ser varón o ser mujer son dos modos distintos de ser hombre. Es distinta la sensibilidad, es distinto el modo de situarse ante la vida y de comportarse, es distinto el modo de pensar. No es mejor uno que otro, sino que son distintos. Esas diferencias tan profundas revelan que la sexualidad afecta a todos los estratos de la persona, hasta los más profundos.
El hombre busca en la mujer algo que él no tiene y que le resulta atractivo: busca delicadeza, ternura, belleza, amor a los detalles, comprensión. Y la mujer busca en el hombre decisión, seguridad, fortaleza, acogida. No es que la mujer no tenga fortaleza, ni el varón ternura, pero hay una ternura que es propia de la mujer, que es la que el varón busca y hay una fortaleza que es propia del varón y que la mujer aprecia.
En palabras que ha popularizado S. Juan Pablo II: no se puede separar el significado unitivo (la unión de los esposos) del significado procreador (la transmisión de la vida).
Esto no quiere decir que los esposos tengan que tener siempre la intención de transmitir la vida; basta con que respeten el modo de ser del acto conyugal. En cambio, es inmoral deformar ese acto o poner medios artificiales que impidan la posible concepción de una nueva vida (DIU, preservativos, espermaticidas, anticonceptivos, etc.)
La plenitud de la sexualidad humana integra estos elementos: la unión conyugal de los esposos, con todos sus aspectos (ternura, placer, etc.); la exclusividad de la donación sexual y afectiva; la realización personal de amistad y entrega mutua; la generosidad para abrirse a la transmisión de la vida humana y la educación de los hijos.
Sería un tremendo error destruir la idea de lo que es el matrimonio, porque en algunos casos, da lugar a dificultades. Es como si despreciáramos las leyes de la visión, porque algunos han tenido la desgracia de perder la vista.
Es evidente que una persona que quiera ser feliz ha de hacer todo lo posible para triunfar en este aspecto tan vital de su existencia. El éxito en la vida matrimonial es mucho más importante que el éxito profesional o social y exige mucho más empeño. Tiene que conseguir que su matrimonio sea un éxito; es decir, que se realice el ideal: que sea de uno con una y para siempre y la sociedad debe hacer lo posible para ayudarle a conseguirlo. Está en juego la felicidad personal y la salud de la sociedad.
La mejor medicina es la preventiva. Los fracasos ordinariamente tienen mala solución. Hay que tomarse en serio la disciplina sexual y el matrimonio no es un juego.
No hay que confundir el amor matrimonial con el enamoramiento de los primeros momentos. El enamoramiento es una situación sentimental ordinariamente pasajera. Tiene algo de auténtico y tiene algo de falso, porque deslumbra. Así el enamoramiento deja paso al afecto y después cuando se empiezan a tener las cosas del otro como propias, al cariño.
Amor significa entrega, perder algo de lo propio en beneficio del otro. Cuando se quiere a alguien, se le desea el bien y uno se siente movido a procurárselo. Esto supone muchas veces sacrificio: hacer lo que no apetece o no hacer lo que apetece; acomodar los propios gustos y pensar en la satisfación del otro antes que en la propia.
Sólo a base de sacrificio se mantiene el amor mutuo. Porque hay que aprender a pasar por alto los defectos, a perdonar una y otra vez, a no devolver mal por mal, a no tener en cuenta una frase molesta, una respueta airada, un signo de impaciencia, una manía mil veces repetida, un mal momento.
El matrimonio sólo triunfa cuando ambos -o por lo menos uno de ellos- están dispuestos a sacrificarse siempre. El sacrificio es compatible con la felicidad. Porque la mayor felicidad del hombre en la tierra consiste en el amor; no tanto en ser amado sino en amar. El que ama se siente feliz, incluso cuando no es correspondido. Ciertamente, el saberse correspondidos da plenitud al amor y también a la felicidad; pero una riquísima experiencia humana enseña que se puede ser feliz incluso cuando el amor no es correspondido. Aunque en este caso felicidad y dolor vayan paradógicamente mezclados.
En el auténtico amor se quiere siempre el bien del otro, mientras que los amores sentimentales o pasionales, son amores posesivos, donde se quiere al otro porque es un bien para uno mismo; con lo que, al final, pueden ser manifestaciones de egoísmo.
El matrimonio, si se sabe vivir bien, es una gran escuela de humanidad porque es una gran escuela de amor. Se aprende a sacrificarse realmente por el otro. Y esto es lo que da calor al hogar. Es necesario quemarse un poco, sacrificarse un poco, para que haya calor. Por eso, el matrimonio es un lugar adecuado para recibir nuevas vidas.



