martes, 17 de diciembre de 2024

Educación familiar - Parte 1

LA EDUCACIÓN DE LAS VIRTUDES HUMANAS (ESTRACTO), DAVID ISAACS - 1 -

- EDUCACIÓN, PUNTOS BÁSICOS

- LA EDUCACIÓN DE LA GENEROSIDAD

- LA EDUCACIÓN DE LA FORTALEZA.

- LA EDUCACIÓN DEL OPTIMISMO.

- LA PERSEVERANCIA.

“Dios mío: dame la serenidad para aceptar lo que no se puede cambiar, la valentía para cambiar lo que debería ser cambiado y la sabiduría para distinguir lo uno de lo otro” (S. Francisco de Asís).

LA EDUCACIÓN, PUNTOS BÁSICOS

¿Qué es educar?

La palabra educación desde su etimología proviene de “educare” que significa criar, alimentar y de “educere” que equivale a sacar de, extraer.

La educación es en parte “educare”, alimentar el cuerpo y el alma de los hijos. 

La educación a partir de “educere” consiste en sacar lo que potencialmente está en el hombre, la posibilidad de ser buenos hijos, buenos amigos, buenos ciudadanos... puede ayudarnos el método socrático, - planteando preguntas-.

¿Por dónde empezar?

Para decidir que objetivos son prioritarios en un momento dado hay que tener en cuenta lo importante y lo secundario en relación con el fin de la educación.

Necesitaremos la prudencia que es la llave de la educación. La prudencia es el arte de considerar, juzgar y mandar rectamente:

Considerar que cada ser humano tiene unas características únicas e irrepetibles, que hay que conocer y aceptar. La seguridad que los hijos necesitan encontrar en sus padres es la de sentirse aceptados.

La aceptación de cada hijo se basa en la confianza en las posibilidades de cada hijo para mejorar.

Una aceptación real supone en los padres una lucha continua por mejorar y ayudar a mejorar. Los hijos se esforzarán por mejorar si ven a sus padres esforzarse también en su propia mejora.

Los padres de familia, para juzgar y mandar bien, necesitan recibir información acerca de los criterios rectos y verdaderos que deben regir la vida de los hijos. 

¿Qué son las virtudes?

El hombre está hecho para conseguir la verdadera felicidad con la persecución del bien moral. La inteligencia y la voluntad son las facultades humanas que el hombre dispone para este fin. 

Las virtudes son hábitos buenos que aplican las facultades del hombre para conseguir la verdad y la bondad en contraste con el vicio que es un hábito operativo malo. Las virtudes tienen por objeto hacer al hombre como debe ser. Las naturales le  perfeccionarán como hombre, las sobrenaturales como hijo de Dios y heredero del cielo.

El desarrollo de las virtudes realimenta el entendimiento y la voluntad al proporcionar en el actuar: firmeza, prontitud y un cierto agrado: firmeza significa confianza en que las virtudes están provocando una mejora en sí mismo y en los demás; prontitud quiere decir con más facilidad, sin esforzarse tanto y cierto agrado, con satisfacción.

Los hijos tienen que descubrir cuales son los motivos más importantes para esforzarse en vivir las virtudes. Para un cristiano sería una manera de agradar a Dios, de ser un buen hijo de Dios, lo que se traduce en un servicio a Dios y a los demás y en la satisfacción  personal de saber que uno está cumpliendo con su misión intransferible de dar gloria a Dios. Para un no cristiano al intentar cumplir bien como hombres, estarán poniéndose en condiciones más adecuadas para recibir el don de la fe.

¿Cómo enseñar las virtudes a los niños pequeños?

Si el niño no es capaz de discernir lo mejor que puede hacer es obedecer. Los niños deberán obedecer a sus padres en todo lo que es razonable y justo.

¿Cómo exigir a los niños?

Pocas normas, comenzar con palabras como: “¿podrías…?”, “¿vamos a…?”

Exigir en el momento oportuno, por ejemplo, sin interrumpirle cuando está haciendo una tarea.
Previendo lo que el hijo necesita para cumplir, por ejemplo, enseñarle como cuidar un libro antes de exigirle que trate bien los libros.

Para que la obediencia prepare para una virtud explicarles progresivamente, según su capacidad de comprensión, los motivos que tenemos todos para obedecer en función del sentido de la vida.

Tipos de exigencia

Los padres pueden exigir a sus hijos un esfuerzo relacionado más con la acción o más con el pensamiento. Un ejemplo de lo primero sería “recoge tu cuarto”, un ejemplo de lo segundo sería “antes de apuntarte piénsalo bien”.

El proceso de exigir tiene dos partes: informar- motivar y asegurarse de que el otro cumple.
La motivación básica para que los hijos obedezcan es confiar en sus padres en que sus instrucciones son buenas.

El ambiente de exigencia

La confianza que deben tener los padres en que sus hijos van a cumplir debe basarse en el conocimiento real de que se está exigiendo adecuadamente.

Los hijos deben notar que sus padres confían plenamente en ellos. Los hijos deben pensar “no puedo defraudar a mis padres que confían tanto en mí”.

La confianza de los padres, por otra parte, debe basarse en el derecho a ser obedecidos, los hijos no deben olvidar el cuarto mandamiento.

Los motivos para exigir

Hay una exigencia preventiva es la que pretende controlar la actuación del hijo de tal forma que no se haga daño, de tal manera que los demás no le hagan daño. Este sería el caso de la madre que exige a su hijo de cinco años que no cruce la calle solo o a otro de quince años que esté en casa a las diez. Le exigimos a fin de que las influencias perjudiciales, sean del tipo físico, moral, espiritual o lo que fuera no le quiten la libertad de elegir entre posibilidades positivas. No nos interesan como educadores, la posibilidad de elegir entre el bien y el mal. Preferimos desbancar al mal para que el niño se maneje entre lo bueno y lo mejor. 

Hay una exigencia  de actuación, para que aprenda a resistir lo que le es perjudicial en el ambiente y para que acometa acciones de mejora en el ambiente. Apartar al hijo del mal aunque sin protegerle innecesariamente, arriesgándole gradualmente para que el hijo sepa en que momento debe decir que no y en que momento debe decir que sí, así por ejemplo, aprender a seleccionar una película dejándose aconsejar por personas con buen criterio,...

Los hijos tienen el derecho de ser exigidos.

Necesitan la exigencia de sus padres  para poder mejorar. Los padres deberían exigir a sus hijos en el hacer para que vayan desarrollándose las virtudes y luego en el pensar a fin de que estas virtudes se llenen de sentido.

La exigencia de los padres tiene que traducirse en autoexigencia de los hijos para que éstos lleguen a ser verdaderamente autónomos.

Tareas a realizar

Para desarrollar las virtudes hay que relacionar el entendimiento y la voluntad. Por eso el hijo debe conocer la naturaleza y finalidad de cada virtud, y aprender a distinguir entre hechos y opiniones; entre lo importante y lo secundario; desarrollar su capacidad de análisis y de síntesis;  de relacionar causa y efecto, etc.

Para ayudar al hijo a conocerse a sí mismo.

Es conveniente que el hijo conozca algunos aspectos de su carácter para saber en que aspectos de su carácter tiene que mejorar. Así podemos decirle: "cuando dejes de gritar te escucho", etc. 

Si podemos destacar lo positivo en primer lugar, es más fácil, explicar en segundo lugar lo mejorable. Pero el modo de destacar lo mejorable, es importante. Es conveniente hacerle pensar y que descubra por sí mismo sus limitaciones, más que “sermonearle”. Es mejor tener paciencia y volver al tema en pequeñas dosis que esperar resultados inmediatos.

Si desde pequeño ejercitamos con esmero las virtudes de la sinceridad y la veracidad, se acostumbrará a decir las cosas tal como las ve y será mucho más fácil orientarle donde realmente necesita atención.
A veces convendrá dejarle que fracase en algunas cosas para que se de cuenta de sus limitaciones y aprenda a buscar ayuda y acuda a sus padres para pedir orientación.




LA EDUCACIÓN DE LA GENEROSIDAD

“Actúa en favor de otras personas desinteresadamente y con alegría, teniendo en cuenta la utilidad y la necesidad de la aportación para esas personas, aunque le cueste un esfuerzo”.

Hacer algo en favor de otras personas puede significar: dar cosas, dar tiempo, perdonar, escuchar (dar atención), saludar, recibir, etc.
Hay que dar en función de lo que el otro necesita, así es mejor que un padre dedique un tiempo a estar con sus hijos que comprarles regalos para compensar su ausencia.

Recibir ayuda de otro, ayuda a mejorar en generosidad, así sería perjudicial que una madre no permita que sus hijos colaboren en las tareas de la casa porque le cuesta menos hacerlo ella.

Perdonar a alguien que nos ha ofendido es mostrarle que aunque nos haya ofendido no lo rechazamos y confiamos en sus posibilidades de mejora.

Los motivos de los niños para comenzar a ser generosos son: agradar a la otra persona por simpatía o la contraprestación: si los padres sonríen o agradecen entusiásticamente pequeños esfuerzos por parte de sus hijos, les estarán motivando a seguir con estos actos con ellos mismos y con los demás; si un niño  tiene algo que necesita un compañero se lo deja, pero sabiendo que al día siguiente, cuando él necesite algo, el compañero tiene la obligación de contraprestar. Los “encargos familiares” pueden ayudar a superar el dar interesado.

La generosidad no ha de llevar a satisfacer los caprichos de los demás. Los adolescentes confunden, a veces, las necesidades de los demás con los caprichos personales, es decir, identifican las necesidades de los demás que más relacionan con sus propios gustos.

Habrá que razonar con los hijos no exhaustivamente, sino dando una información clara y luego cambiando de tema. Si el desarrollo de una virtud depende de la intensidad con la que se vive y de la rectitud de los motivos, está claro que la razón tiene un papel importante. 

No se trata de dar cualquier cosa a cualquier persona en cualquier momento, eso es abandonarse, dar sin criterio, dejarse robar sin valorar las propias posesiones. Si no se entiende el valor y la dignidad del propio cuerpo es posible que se llegue a una situación de abandono, incluso justificándolo en términos de “así se da placer al otro”, en lugar de guardar el cuerpo para poder entregarlo con generosidad en una relación bendecida por Dios, es decir, en el matrimonio.

El egoísmo fomentado por la sociedad actual debe ser contrarrestado por la fortaleza y entrega incondicional de aquellas personas que actúan responsable y generosamente como hijos de Dios.




LA  EDUCACIÓN DE LA FORTALEZA
“En situaciones ambientales perjudiciales a una mejora personal, resiste las influencias nocivas, soporta las molestias y se entrega con valentía en caso de poder influir positivamente para vencer las dificultades y para acometer empresas grandes.”

Tradicionalmente se ha dividido la virtud de la fortaleza en dos partes: “resistir” y “acometer.” 
Para resistir las influencias nocivas podemos enseñar a los hijos a decir que “no” a las influencias que les pueden perjudicar: no cruzar la calle solo cuando son pequeños; alcohol, sexo, pornografía,...cuando son mayores.

Al  ordenar las tareas a realizar en el día, comenzar por las que deben hacer y no por las que más les gustan. Tienen que procurar hacer bien hechos, por Amor los pequeños servicios de cada día.

Cuando la finalidad está clara es más fácil resistir una molestia, así, por ejemplo, una visita al dentista,…se tratará de buscar una motivación causa efecto. Cuando se produce una molestia o un daño, una caída, por ejemplo, a posteriori, … podemos decirles que ofrecer nuestras penas a Dios, sin quejarnos, es una de las cosas más valiosas que podemos hacer para mostrar nuestro amor a Dios. La fortaleza supone aceptar lo que nos ocurre con deportividad, no pasivamente, con deseo de sacar algo bueno de las situaciones más dolorosas.

Para superar el temor infundado, por ejemplo, el temor a la oscuridad, los padres deben graduar el contacto, ofreciendo la ayuda necesaria, es decir, hacer que se esfuerce gradualmente.

Los adolescentes por naturaleza quieren mejorar el mundo, necesitan criterios para canalizar sus inquietudes de experimentar y actuar autónomamente  y si los padres no encauzan estas inquietudes, es posible que acaben en donde no deben, olvidando su misión intransferible de dar gloria a Dios. 

Para prevenir que los hijos sean indiferentes o “pasotas”, es decir, que adopten una actitud pasiva, cómoda o perezosa ante su deber de mejorar o ante las influencias negativas del ambiente, los padres han de procurar:

- No sustituir a los hijos en los esfuerzos que deberían realizar ellos, de tal modo que los hijos no aprendan más que a recibir. 

- Habrá que exigirles esfuerzos desde muy pequeños, esfuerzo en resistir (desde el bebé que llora por capricho hasta el adolescente que se pone de mal humor por una contrariedad).

- También hay que desarrollar la paciencia, que es la virtud que “lleva a soportar sin tristeza de espíritu los padecimientos físicos y morales”.

Para acometer o emprender alguna acción que supone un esfuerzo prolongado hace falta fuerza física y fuerza moral. Acometer es “entregarse con valentía” en caso de poder influir positivamente para vencer las dificultades y para acometer empresas grandes”.

Para poder atacar, para emprender alguna acción que supone un esfuerzo prolongado hace falta fuerza física y fuerza moral. Los deportes, levantarse a la hora prevista, ir andando al trabajo, no quejarse por la comida,… pueden preparar a la persona para emprender actuaciones que repercuten directamente en el bien de los demás, en la glorificación de Dios. 

Para poder alcanzar un bien, sea rebatir algún mal o desarrollar algo en sí positivo, se necesita tener iniciativa, decidir y luego llevar a cabo lo decidido, aunque cueste un esfuerzo importante. Para captar las posibilidades de una situación hace falta una cierta sensibilidad que se traduce en la “chispa” de la iniciativa – que ha ser fomentada por los padres con sus hijos-. No ocurrirá esto si la persona, por costumbre, es indiferente, como hemos señalado anteriormente.

Si la situación ambiental es injusta, fraudulenta, falsa, etc., no hay que quejarse sin más. En ocasiones será necesario desenmascarar la mentira para dar paso a la verdad. Y precisamente aquí es cuando es lícito y conveniente la ira, siempre que esté controlada por la razón. Habrá que gobernar la osadía con prudencia para no gastar esfuerzos personales inútilmente. Para ello es menester mucha decisión en emprender el camino, mucho valor para no asustarse ante la presencia del enemigo, mucho coraje para atacarle y vencerle y mucha constancia  y aguante para llevar el esfuerzo hasta el fin sin abandonar las armas en medio del combate.

Si nuestros hijos aprenden a resistir y  acometer, lograrán sobrevivir a las influencias perjudiciales y perversas que intenten obstaculizar su camino hacia el fin para el que han sido creados.




LA EDUCACIÓN DEL OPTIMISMO

“Confía, razonablemente, en sus propias posibilidades y en la ayuda que le pueden prestar los demás, de tal modo que distingue en primer lugar, lo que es positivo en sí y las posibilidades de mejora que existen y a continuación las dificultades que se oponen a esa mejora, aprovechando lo que se puede y afrontando lo demás con deportividad y alegría.”

El optimismo que no se basa en la confianza en Dios, en que Dios siempre nos ayuda y hace todo por nuestro bien, es un optimismo frágil y además, puede conducir a la persona a un estado de ingenuidad o de soberbia. Así, por ejemplo, ante un fracaso profesional, un hombre puede reaccionar con ingenuidad, simulando que no pasa nada, que todo pasará, así se está engañando; o puede reaccionar con soberbia, sin ser realista, pensando que el no puede fracasar. Únicamente la confianza en Dios, en que Dios ha querido que fuera así, conducirá a la persona a ser optimista.

En relación con Dios, habrá que decirles a los hijos que podemos pedir cualquier cosa a Dios. Sin embargo, porque nos quiere como hijos suyos no nos dará cosas que no sirvan para nuestro bien. Confiar en Dios supone creer que hará lo mejor para nosotros, no que nos va a satisfacer en algo que nos parece bueno, pero de hecho no lo es. 

Los niños que por naturaleza tienen tendencia a confiar en sí mismos, tienen que aprender a confiar en los demás, a necesitar a los demás y especialmente a Dios. Para ello habrá que ponerles dificultades, exigirles para que acometan tareas más grandes para que aprendan a aguantar un fracaso con alegría y descubrir lo positivo en una situación que parece en principio, poco aprovechable porque cuentan con sus propias cualidades, con el amor de sus padres, con el amor de Dios.


El niño que no confía en sí mismo, que fracasa, necesita más muestras de cariño. Pero sus padres no deberán intentar convencerle de que está triunfando cuando no es así. Más bien se trata de crear situaciones para que el hijo pueda triunfar y llegue a confiar más en sí mismo y en sus padres. Se trata de combinar el éxito en cosas pequeñas, con el apoyo en momentos de fracaso y con la gradual  comprensión de que cada uno, aunque no ve más que sus propias limitaciones, tiene una misión intransferible de glorificar a Dios.

Los hijos que llegan a saber que tienen una misión de servicio en la vida, siempre encontrarán salidas para ayudar a los demás. Por eso pueden ser optimistas. El desengaño, si se considera como final del proceso, entristece, hace tomar a la persona una postura pesimista. Si lo consideramos como parte imprescindible del proceso de mejora nos llevará a este optimismo, realista, operativo, que buscamos.

Si un adolescente es en principio pesimista, puede avanzar hacia el optimismo si nota que alguien necesita de su amor. O cuando se abre a Dios que nunca niega el bien para nosotros, le hace ver desde una perspectiva fundamental sus posibilidades en cada situación y su misión en la vida. Siempre se puede volver a empezar.

La crítica negativa no es compatible con el optimismo. Un análisis de los hechos sí, pero sin dejar de centrarse en las posibilidades.

Uno puede llegar a ser pesimista porque quiere intentar cambiar el mundo en lugar de servir lo mejor que pueda a las personas que tiene más cerca. El adolescente necesita sentirse querido, aunque no admite este amor abiertamente. Si sale de lo conocido, quiere tener la seguridad de poder volver al hogar donde sus padres le aceptan como es.

El optimismo sólo es posible si se sabe que Dios espera de cada uno de nosotros algo que no puede aportar otra persona. Y con tal de que pidamos su ayuda, todo será para nuestro bien.


LA PERSEVERANCIA

"Una vez tomada una decisión, lleva a cabo las actividades necesarias para alcanzar lo decidido, aunque surjan dificultades internas o externas o pese a que disminuya la motivación personal a través del tiempo transcurrido."

Rectificar: la perseverancia no es compatible con la terquedad. Habiendo tomado una decisión, no se trata de llevar a cabo las actividades necesarias para alcanzar lo decidido, si se da cuenta de que se ha equivocado en la decisión, objeto del esfuerzo o en los mismos medios. Tampoco se trata de seguir adelante si surgen una serie de imponderables que hacen dictaminar al sentido común que no es prudente seguir.

Actualizar  las rutinas: No se trata de adoptar una conducta que se mantiene sin sentido, aunque se llegue a defender esa misma conducta buscando una falsa relación entre ella y algún fin digno.

Antes de los 7 años los padres, mediante la exigencia prudente, es decir, exigiendo mucho en pocas cosas, pueden conseguir que sus niños desarrollen unos hábitos en relación con la perseverancia. Por ejemplo, que terminen las actividades que comienzan, que no se desanimen ante las dificultades, que cumplan con sus promesas (con tal que la promesa haya sido razonable), que acaben la comida, que cumplan con unos encargos regularmente... En total, que adquieran unos cuantos hábitos con esfuerzo, estos hábitos pueden estar relacionados con cualquiera de las virtudes. De momento no tendrán mucho sentido para los hijos, pero luego, los padres se preocuparán de su orientación.

Los objetivos a largo plazo es posible dividirlos en pequeños pasos, uno apoyado en el otro. De este modo acortamos la distancia en "metas" y existe una mayor proximidad entre la actuación presente y el fin, aunque sea un fin parcial.

¿Qué objetivos pueden proponerse respecto a los hijos? 

1.1 Plan de acción: podemos proponer al hijo  que intente desarrollar algún aspecto de una virtud concreta durante un periodo de tiempo, un mes, por ejemplo. Así, si el objetivo es mejorar el orden, esto puede suponer: ordenar su cuarto antes de acostarse, llegar puntual a las comidas, levantarse a una hora dada,...

1.2 Centrar la atención del hijo en el cumplimiento de algún encargo, indicando claramente lo que se espera de él al final del proceso.

1.3 Centrar la atención del hijo en alguna persona, de tal modo que haga algo concreto para ayudarle.

Es fundamental que estos objetivos estén relacionados con las capacidades y cualidades del hijo. Al principio buscar algún objetivo que sea interesante para el hijo y "echarle una mano" cuando desaparece la motivación inicial. Por otra parte, tenemos que asegurarnos de que el hijo es capaz de llevar a cabo las actividades que supone el alcanzar el objetivo propuesto y en caso de que no sepa, enseñarle a cumplir o modificar el objetivo. 

Será mucho más útil  que un hijo se esfuerce mucho en pocas cosas que  poco en muchas, aunque lo primero, supone mayor paciencia, mayor aguante por parte de los padres.

Si la perseverancia ha de ir unida a la prudencia, será necesario consultar a otras personas. Los niños pequeños necesitarán bastante orientación de sus padres, pero dentro de la ley "toda ayuda innecesaria es una limitación para el que lo recibe". Los padres han de prestar la atención adecuada a los hijos y también enseñarles a pedir ayuda a la persona idónea (profesor, director espiritual...)

Hay un objetivo totalmente personal e imprescindible: "dar gloria a Dios". La perseverancia en el desarrollo de la vida cristiana encuentra dos dificultades, por un lado, dura toda la vida, por otro lado existen un sinfín de tentaciones que me apartan del camino previsto. Sin embargo, el fin es enormemente claro - la santificación personal y la santificación de los demás- y contamos con el don gratuito de la gracia al que debemos disponernos con el "querer y el obrar" (Fil. 2,13), facilitando y haciendo gustoso el cumplimiento del deber. 

Hay ayudas importantes, pero para aprovecharlas hace falta siempre la iniciativa del hombre. Si no fuera así, no seríamos libres. Así que podemos acudir a los sacramentos para aumentar la gracia, podemos profundizar en las verdades de la fe mediante el estudio y sobre todo, podemos pedir ayuda a Dios incesantemente. De todos modos, el  desarrollo de las virtudes humanas facilita el camino de la fe.

Si los hijos en el desarrollo de la virtud de la perseverancia que, a la vez, apoya todas las virtudes, llegan a cumplir por amor a Dios, ya cuentan con el motivo más elevado de todos. La virtud ya tiene un sentido pleno y los hijos estarán en  condiciones de recibir esa gracia especial de Dios que necesitan para desarrollar con eficacia cualquiera de las virtudes humanas.


BIBLIOGRAFÍA:

DAVID ISAACS, "La educación de las virtudes humanas", Eunsa, 1976

Ilustraciones , CARLOS REVIEJO- EDUARDO SOLER,"Canto y Cuento, Antología poética para niños", S.M, 1997

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